Cuando se extrapola la lógica futbolera

Siempre es buena idea recordar que vivimos en una sociedad compleja. La cual, no tiende nunca a la simplificación. El aumento de la población, los avances científicos, el progreso humano, en definitiva, lleva aparejado esto.

No es casualidad que necesitemos de nuestro primer cuarto de vida solo a prepararnos para este mundo. Además de una actualización periódica. Los cambios de ciclo son cada vez frecuentes. Y la tecnología que usábamos hace 10 años parece que tiene 50.

Esta realidad compleja genera desasosiego en algunas personas, que necesitan sentirse seguros y tranquilos en un mundo más sencillo. O al menos poder refugiarse en microcosmos de cómodos lugares comunes.

La sociabilización que se consigue entre los aficionados a los deportes puede llegar a ser uno de estos refugios. Dos futboleros desconocidos pueden mantener una larga y reconfortante conversación, solo utilizando frases hechas. Del mismo modo pueden acabar a trompadas.

Pero siempre desde la sencillez binaria, la autoaformación de los míos o la pelea con los contrarios. Un mundo feliz en el que los buenos son los míos y los malos los otros. Por esta razón cuando se habla o discute de fútbol, rara vez se hace sobre el juego. Lo habitual es hablar sobre lo accesorio.

Si se tiene claro que se trata de un refugio, no hay nada malo en acudir de vez en cuando ahí. El problema está cuando esto se intenta extrapolar a otras áreas de la realidad, donde la sencillez no debería tener cabida.

La lógica es muy golosa. Si en este mundo simple todo es más fácil, ¿por qué no hacemos lo mismo con el resto de cuestiones? Sobre todo, teniendo en cuenta que quienes prefieren realidades sencillas, se sienten cómodos con las contradicciones e incoherencias que genera su práctica.

Una de las dinámicas más perniciosas que se obtiene de esta extrapolación es la relación entre ganadores y perdedores. Esto de los losers, que es un invento yanqui importado, me sigue resultando muy ajeno. Siguiendo esa relación todos son perdedores salvo el ganador. De locos.

Otra cuestión llamativa es la de la normalización de la obligatoriedad de ganar. Algo aberrante que se asume con una facilidad llamativa. No, ni siquiera en el refugio futbolero se gana siempre ¿Cómo se va a ganar siempre en planos más complejos? ¿Cómo es posible que se entienda como pérdida la desaceleración en la ganancia?

Esto de alguna manera ha penetrado en la conciencia social, de modo que hay quienes no son capaces de mover un dedo si no hay competición. Si no hay nada que ganar no encuentran ninguna razón para el movimiento.

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