El atractivo de la polarización

Desde que nos hacemos adultos, casi no hay nada que nos de más gusto que tener razón. Está más que demostrado que una vez alguien se posiciona resulta casi imposible que cambie de opinión.

Los argumentos, explicaciones, datos y ejemplos, por muy evidentes que sean, no solo no sirven para reconsiderar la postura, sino que suelen conseguir el efecto contrario, enrocándose todavía más en su posición.

Todos somos capaces de entender que es imposible tener razón siempre, tenemos capacidad de identificar las contradicciones y sabemos que en determinadas circunstancias personales se puede decir cualquier cosa.

Eso sí, siempre y cuando lo anterior sea proyectado en los demás, no en uno mismo. Reconocer que uno a veces no tiene razón, se contradice y en ocasiones dice disparates, ya es una cuestión más complicada. Por supuesto, como con todo hay excepciones.

Como mucho llegamos a reconocer algo de nuestras versiones anteriores, a la hora de argumentar nuevas posiciones. Pero es complicado admitir a los demás equivocaciones, en vivo y en directo.

Y es precisamente en este escenario donde las posiciones polarizadas son tan atractivas. Porque facilitan un refugio, un lugar seguro donde poder validar nuestras ideas y sobre todo emociones. Con la ventaja de que nos provee gran cantidad de razones, argumentos, explicaciones, datos y ejemplos para validar la posición.

En entornos digitales, este refugio es invisible. No se es consciente de estar metido en él. Y a cada paso que se da: búsquedas, lecturas, interacciones, visitas, visionados, etc… estamos acomodando más el círculo de ese refugio.

Si cuando alguien nos confronta diciendo que no tenemos razón, es casi imposible reconocerlo ¿qué pasa cuando solo estamos en nuestra burbuja de autocomplacencia? Pues básicamente que la extrapolamos a toda la población. Si todo mi entorno está de acuerdo conmigo es que toda la sociedad lo está. Con todo lo que esto implica.