La calma como elemento base para la gestión de nuevos proyectos

Cada vez que se afrontan nuevos proyectos aumenta el estrés. Nos cuesta manejarnos en entornos nuevos, entre otras cosas, porque que hay que solucionar una serie de nuevos obstáculos.

Y eso nos hace estar más alerta, lo que nos suele llevar a aumentar el estrés. Esto dura un tiempo hasta que se entra en una situación de normalidad. Hasta ahí todo normal. El problemas está cuando con la normalidad seguimos estresados.

Quizás el carácter canario ayude un poco, aunque vete a a saber. El caso es que en la medida de lo posible intento que la calma esté muy presente con los proyectos nuevos. Cuanto más lento se hacen las nuevas tareas, más fácil es asimilarlas y más difícil acabar equivocándose.

Una urgencia o prisa desmesurada en los momentos iniciales pueden acabar siendo letales. Se toman decisiones de forma rápida en una suerte de descartes entre las opciones que se ocurren en el momento, como si no hubieran más soluciones.

Si a una cuestión no se le encuentra una solución buena, lo mejor es dejarla arrimada, a ver si tus versiones más calmadas de por la tarde, por la noche o noctámbula acaban dando con la tecla.

Y este proceso puede durar días. Quizás en el fin de semana siguiente se enciende la luz. Recuerdo un problema técnico al que no le encontraba una solución y tras varios días me llegó, justo en ese momento dulce antes de quedarme dormido. A ti te habrá pasado también.

Pero si no nos damos esa pausa, si no propiciamos esa calma, acabamos siendo menos operativos, productivos y sobre todo creativos. Así que en la medida de lo posible, lo ideal es mantener esa dinámica, sobre todo cuando más posibilidades hay de que el estrés generado por unas prisas ridículas te esté saboteando.