La desmoralizante actitud también offline

Hoy casi he llegado a apreciar a los cenizos de twitter. Por lo menos los disparates los dicen en la red social. Pero en el mundo real todo es más bruto. El resultado es bastante desmoralizante, sobre todo por lo generalizado del tema.

Voy con la batallita sin antes avisar de que es justo eso, una batallita insustancial, pero que me llamó mucho la atención y me dejó algo preocupado.

Esta mañana he ido a Correos, no estaba seguro de la hora de apertura y resultó que llegué 40 minutos antes. Así que decidí quedarme, hacer cola y esperar mi turno. La carta que tenía que enviar era crítica y no podía esperar por tema de plazos.

Nada más llegar encontré a un grupo de personas, formando un corro enfrente de la oficina cerrada, hablando entre ellos, sin respetar la distancia de seguridad, estaban a menos de un metro. Pregunté quién era el último y se miraron entre ellos sin saber dar una respuesta.

Que conste que no soy un cabeza cuadrada y este tipo de cosas normalmente me hacen más gracia que otra cosa. Pero claro, ahora no estamos en modo normal. Así que les pedí con educación y algo de mala hostia, que formaran una cola guardando la distancia de seguridad. Cosa que hicieron en el momento.

Al poco empezaron a llegar más personas que se fueron uniendo a la cola, todas guardando la distancia. Con lo que en poco tiempo ya doblaba la esquina de la calle, algo que se consiguió con apenas 10 personas. Lo suficiente como para parecer una cola enorme, a pesar de que se traduciría en solo dos turnos cuando abrieran.

Esa sensación empezó a poner a los nuevos integrantes nerviosos. Llegaban, vociferaban quejándose y se marchaban, algunos en parejas. Una persona en concreto se acercó a la oficina, con su mascarilla y preguntó a qué hora a qué hora abría, mientras se bajaba la mascarilla para hablar, en un ejercicio de contradicción precioso.

Cuando ya llevábamos un buen rato esperando la apertura, dos miembros de la cola sintieron en la necesidad de pasear, algo que no he visto nunca en una cola. Los dos mayores de 70 años, uno caminaba en perpendicular a la cola y el otro recorriendo la cola y sus miembros, saltándose la distancia mínima.

Luego llegó una pareja, mayores también, separados por un metro de distancia. Preguntaron quién era el último y se quedaron a mitad de la cola. Uno de ellos leía el periódico, estornudaba y escupía al suelo con la naturalidad que le daba la costumbre. Al poco decidieron irse bajo la promesa de volver mañana.

Para finalizar apareció otra persona, muy campechana, recorriendo la fila, evidentemente sin separación, hasta que llegó a mi lugar y me dijo con voz socarrona y en broma ‘yo llegué ahora y soy el primero‘ mientras esbozó una gran sonrisa.

Le pregunté si se dirigía a la oficina de Correos. Me dijo que sí. Le invité a que se uniera a la cola con educación. Me respondió que él ya estaba en la cola. Así que le pedí que volviera a la distancia de seguridad, con educación y algo de incredulidad. No pude ni sacar la mala leche.

Pasaron más cosas que iban en contra del mínimo sentido común durante una pandemia. De hecho, en 40 minutos que estuve ahí no tuve tiempo de aburrirme.

Pero coño, me quedé con una sensación bastante desmoralizante. Sobre todo porque no era un caso aislado, más de la mitad de los que estábamos ahí hacía algo que era evidente que iba contra las recomendaciones más básicas.

Durante mi turno ya dentro de la oficina, no paraba de escuchar al personal de Correos levantar la voz para que las personas mantuvieran la distancia respecto del mostrador, que se veía claramente señalizada en el suelo. Por cierto, un diez por los profesionales que estaban trabajando ahí.