La siesta como innovación en la productividad

Suena bastante ridículo, pero tengo que confesar que he descubierto la siesta. Podría decir que la he redescubierto, pero la verdad es que casi nunca la he practicado. Y no lo he hecho por decisión, sino porque la edad pasa factura y he acabado entrando.

Con la obsesión por ser productivo, la primera jornada del día es foco, concentración e intensidad para hacer tareas complejas y sencillas. Hasta ahora, para mi la segunda jornada era una extensión de la primera en una suerte de sobreesfuerzo de final de meta.

Dicho de otra forma, la extensión era habitualmente agónica, y al terminar la sensación era de extenuación. Escrito así, parece bastante obvio que no era la mejor forma. Pero llevo funcionando años de esta manera, como si fuera lo más normal.

Una cosa que aprendes con la edad es que los cuerpos son autónomos y toman sus propias decisiones. Ahora me es muy complicado no desmayarme 15 minutos después de comer. Y esa siesta o mini siesta me ha permitido hacer una segunda jornada, más corta pero mucho más productiva.

Consiguiendo llegar a alargar la segunda en caso de que sea necesario, como hoy, sin sentir agotamiento ni sufrimiento. Además, este segundo tiempo se puede afrontar sin los perjuicios de la extensión. Esto es, sin errores, ni incapacidad para resolver problemas.

Así que ¡viva la siesta!