Las promesas veraniegas a incumplir

Al menos en mi caso, todos los veranos me prometo una serie de cambios en mis rutinas diarias, nada del otro mundo, solo lo obvio. Pero aunque sean cuestiones nimias y que no deberían costar mucho en asumir, el flow me dura apenas un par de semanas.

Me he comido mucho el coco con esto, que si la vida, la velocidad, los problemas que van surgiendo, y así. Pero al final es la relación entre tiempo y cansancio. Durante los periodos de vacaciones se dispone de mucho más tiempo y además uno se encuentra descansado en general.

Esos son los dos problemas que dinamitan cualquier otra cosa. El núcleo es el tiempo. El que hay que dedicar para seguir adelante, cuanto más se extiende, menos espacio hay para tu vida.

Se pueden hacer esfuerzos en periodos concretos. Pero cuando llevas unas semanas sin tiempo para nada que no sea el trabajo, el cuerpo te pasa factura, se queja y te exige algo más.

Ahí es cuando se empieza a robar tiempo de descanso para tener algo de vida. Ese cansancio perjudica la productividad en la siguiente jornada, por lo que cometes más errores y tardas más en tus tareas. Llega un momento que vas despejando cosas para acometerlas en el fin de semana.

Y acabas metido en una rueda sin salida. En la que cada vez tienes menos tiempo y estás más cansado. Un cansancio hondo que rechaza cualquier nueva rutina beneficiosa que hayas adquirido durante el verano. Y que incluso se come espacios de tiempo libre que aparecen en el calendario.