Usamos la tecnología como el que se sube a un castell

En el día a día nos manejamos con multitud de apoyos tecnológicos, tanto propios como externos. Están tan integrados en nuestra rutina que apenas reparamos en ellos. De hecho solo nos centramos en la parte en la que tenemos el foco.

Para poder llevar a cabo hasta la cosa más nimia tenemos que utilizar multitud de sistemas complejos. Los cuales se encuentran en diversas plataformas, que de forma sincronizada, nos dan la posibilidad de ejecutar determinadas acciones.

Usamos este entramado tecnológico como el que se aupa a un castell. Con la particularidad de que no subimos al mismo, simplemente nos colgamos en la parte más alta, como si nos llevaran con una grúa.

Lo hacemos ignorando todo lo que hay por debajo. Sin entender todo el esfuerzo colectivo y coste necesario para que poder estar ahí. Este desconocimiento nos lleva a dar por hecho que este entorno tan artificial es natural.

Esa percepción de que ‘todo siempre funciona’ nos despista del nivel de debilidad o fragilidad en el que nos hemos instaurado. Un fallo en cualquiera de las plataformas provoca un derrumbe de todo lo que está por encima del castell.

Y esto, que ocurre con bastante frecuencia, normalmente se minimiza por las soluciones y planes de contingencia. Pero cada vez más el margen entre cada una de las fases del castillo en el que nos encontramos es mayor.

Así, es bastante frecuente acabar gestionando cierto grado de operativa en sistemas de los cuales desconocemos casi todo. Solo nos subimos a ese carro con las instrucciones mínimas operativas y tiramos palante. Pero debemos ser conscientes de que estamos en un entorno muy inestable.