Canarias, sociedad hiperconectada

Canarias, sociedad hiperconectada

Hay territorios que, sin hacer demasiado ruido, acaban representando mejor que otros los cambios de época. No tanto por una cuestión tecnológica, sino por cómo se usa esa tecnología. El último informe de Barlovento Comunicación, basado en datos de GfK DAM, lo deja claro: el archipiélago canario se sitúa entre las regiones con mayor consumo digital en España, tras Cantabria. Y cuando eso ocurre, lo que se está mostrando no es solo un dato. Es un comportamiento.

Me centro en Canarias porque vivo en las Islas y es de donde me atrevo a especular. De Cantabria no tengo elementos de juicio para decir mucho.

Canarias alcanza en torno a los 220 minutos diarios por habitante conectados a internet. Más de tres horas y media al día que no responden a un uso puntual, sino a una integración total de lo digital en la vida cotidiana. No es una cuestión de acceso, es una cuestión de hábito.

Y eso cambia las reglas. Porque España, en general, ya vive dentro de internet. La inmensa mayoría de la población está conectada y lo hace de forma diaria. Internet ha dejado de ser una herramienta que usamos en momentos concretos para convertirse en el entorno donde ocurren las cosas. Informarse, trabajar, entretenerse, relacionarse.

Lo excepcional es pensar que existe un “fuera”. El crecimiento, además, no es anecdótico. En apenas un año, el tiempo de consumo ha aumentado de forma notable, acercándose a las cuatro horas diarias por internauta. No es solo que estemos conectados, es que cada vez lo estamos más. Sin fricción, sin una conciencia clara de que estamos añadiendo minutos a algo que ya ocupa una parte significativa del día.

Se acumula. Y se normaliza. Hay un elemento demográfico que refuerza esta tendencia. Durante años, el consumo digital se explicaba principalmente por las generaciones más jóvenes. Eso ya no es suficiente. Los mayores de 65 años están entrando con fuerza en el ecosistema digital, ampliando la base de usuarios y alargando el tiempo total de consumo.

Más usuarios. Más tiempo. Más sistema.

Aun así, los jóvenes siguen marcando el ritmo. Los menores de 35 años concentran los mayores niveles de uso. Para ellos no hay transición entre lo físico y lo digital porque esa frontera, directamente, no existe. Su vida social, su ocio y su información pasan por una pantalla sin solución de continuidad.

Nunca han conocido otra cosa.

Pero si hay un responsable claro de este escenario, es el dispositivo. El móvil no es solo un canal de acceso, es el punto de entrada permanente. Lo llevamos siempre encima, lo consultamos sin pensar, lo usamos para todo. No es que estemos conectados en momentos concretos, es que estamos potencialmente conectados siempre.

Porque cualquier espacio muerto deja de serlo. Esperar, desplazarse, hacer una pausa. Todo se convierte en tiempo disponible para consumir. Y lo que antes era ausencia, ahora es oportunidad.

Las redes sociales capitalizan ese espacio. Son el punto de concentración de la atención. Pero no son solo un canal de relación. Son también entretenimiento, información, validación social y, en muchos casos, rutina.

Una rutina diseñada. Porque aquí entra un factor que no se puede obviar. El ecosistema no es neutro. Está construido para retener. Algoritmos, notificaciones, contenido infinito. No es casual que el tiempo aumente cada año. Es consecuencia directa de un diseño que optimiza la permanencia.

Y funciona.

Vivimos, además, en la lógica de lo inmediato. Contenidos breves, consumo rápido, múltiples accesos a lo largo del día. No se trata de sesiones largas y concentradas, sino de microinteracciones constantes que, sumadas, construyen ese volumen de horas, que sorprende cuando las contamos.

Una suma invisible. A esto se añade otro elemento que diluye cualquier límite: la mezcla de usos. Trabajo, ocio, comunicación, consumo. Todo ocurre en el mismo dispositivo, en la misma interfaz, con la misma lógica de interacción. No hay separación clara entre momentos ni contextos.

Todo es lo mismo. Y detrás de todo esto hay un modelo económico que lo sostiene. La atención como recurso. Cuanto más tiempo pasamos conectados, más valor generamos. No solo como usuarios, sino como materia prima de un sistema que monetiza cada segundo.

Cada gesto. Cada clic. La cuestión no es si estamos más conectados, eso es evidente. La cuestión es qué tipo de conexión estamos construyendo. Porque dentro de esas más de tres horas diarias hay de todo. Información útil, entretenimiento, interacción social… y también inercia, automatismo, consumo pasivo.

Tiempo sin intención.

Un análisis reduccionista nos llevaría a pensar que en un territorio como el canario, con una oferta tan grande de atractivos en el mundo real provocaría una mayor desconexión. Y no iría del todo desencaminado si se obviara que la conectividad a través del móvil es inherente a la movilidad, en los traslados, en las esperas, y lo que es peor, durante el disfrute del objetivo: la playa, el concierto, el cine, la cena, la práctica del deporte, etc…

Canarias no es una excepción. Es un síntoma adelantado. Un reflejo de hacia dónde se mueve el conjunto. Un territorio donde el digital no es una capa adicional, sino parte estructural del día a día.

Y quizá el reto no sea reducir ese tiempo, sino empezar a entenderlo. Porque el problema no es estar conectados, sino no ser del todo conscientes de cómo y para qué lo estamos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *