El arte digital después de la fiebre: ARTCAN 25–26

Intentar entender el arte digital después de la fiebre: ARTCAN 25–26

ARTCAN 25–26 me interesa precisamente porque no termino de entender del todo el mundo del NFT y la blockchain. Y quizá esa sea una buena posición desde la que acercarse. No la del experto que ya tiene un mapa claro, ni la del converso que repite el vocabulario de la comunidad, sino la de alguien que intuye que ahí hay algo importante, aunque todavía le cuesta separar lo interesante de lo ornamental, la infraestructura de la jerga y la innovación real de la vieja promesa tecnológica de siempre.

Durante mucho tiempo, mi relación con los NFT ha sido parecida a la de mucha gente que observa la tecnología desde cierta distancia: curiosidad mezclada con sospecha. Por un lado, parecía evidente que había una pregunta nueva sobre la propiedad de lo digital. Por otro, buena parte del ecosistema se presentaba envuelto en un lenguaje que hacía difícil entrar sin sentirse un poco extranjero. Drops, wallets, contratos inteligentes, minting, tokenización, comunidades cerradas, precios absurdos, obras vendidas como si fueran boletos de una lotería cultural. Había algo ahí, sí, pero también había demasiado ruido alrededor.

El evento organizado por NFTCanarias se celebrará el 11 de septiembre de 2026 en Santa Cruz de Tenerife y se presenta como una jornada dedicada al arte digital, blockchain e innovación para artistas, empresas y profesionales. Su programa incluye mesas sobre blockchain, tokenización y economía digital; mercado del arte digital, galerías y coleccionismo; y futuro de la creación artística, con atención a inteligencia artificial, arte generativo, programación creativa y nuevos medios digitales. También habrá espacios de networking, encuentro con artistas y una cena VIP. Leyendo el programa, uno tiene la sensación de que no se trata solo de vender una tecnología, sino de explicar un ecosistema que todavía necesita mucha traducción. (nftcanarias.org)

Esa palabra, traducción, me parece importante. Creo que una parte del problema con los NFT y la blockchain no es solo que sean tecnologías complejas, sino que han sido explicadas demasiadas veces por personas que ya estaban dentro. Quien está dentro tiende a olvidar lo extraño que suena todo desde fuera. Habla de propiedad digital, descentralización, escasez, certificación, comunidad o soberanía como si esos conceptos fueran evidentes. Pero para quien no ha seguido el proceso, la pregunta inicial es mucho más torpe y mucho más legítima: ¿qué estoy comprando exactamente?, ¿por qué eso tiene valor?, ¿qué diferencia hay entre poseer una obra digital y poder verla gratis?, ¿qué garantiza realmente una cadena de bloques?, ¿quién responde si la plataforma desaparece?

Lo curioso es que esas preguntas ingenuas no son tan ingenuas. De hecho, después de la fiebre especulativa de los NFT, parecen más necesarias que nunca. The Art Newspaper, al analizar el cierre de Nifty Gateway, recordaba que muchas plataformas nacidas durante el auge del mercado prometieron transformar el arte, pero acabaron atrapadas entre especulación, velocidad y una comprensión insuficiente de la historia del arte digital. El derrumbe de parte de aquel entusiasmo no significa necesariamente que todo fuera falso. Significa, más bien, que la promesa financiera había ocupado demasiado espacio en una conversación que debía ser cultural. (theartnewspaper.com)

Tal vez por eso ARTCAN me parece más interesante ahora que si hubiera aparecido en el momento de máximo ruido. En plena euforia, habría sido fácil leer cualquier evento sobre arte y blockchain como una extensión de la fiebre. Hoy la pregunta es distinta. Ya no basta con decir que algo está en blockchain para que parezca inevitablemente nuevo. La tecnología tiene que explicarse mejor. Tiene que justificar para qué sirve, qué problemas resuelve y qué problemas añade. Tiene que abandonar un poco la épica de los iniciados y aceptar la mirada de quienes llegan tarde, dudan y preguntan cosas básicas.

Intentando entenderlo, creo que la distinción más útil es esta: un NFT no convierte automáticamente una imagen en arte, pero puede funcionar como una forma de registrar propiedad, procedencia o autenticidad sobre una obra digital. Esto, dicho así, suena menos espectacular que muchas promesas del sector, pero también más razonable. El arte digital tiene un problema evidente: puede copiarse, circular, descargarse, perderse, modificarse o quedar atrapado en formatos que envejecen. La blockchain no resuelve mágicamente todos esos problemas, pero introduce una capa de certificación que puede tener sentido para artistas, coleccionistas e instituciones.

Lo difícil es no confundir esa capa con la obra. Ahí creo que se produjo una parte del malentendido. Durante un tiempo pareció que la certificación era casi más importante que la pieza certificada. Como si el hecho de estar tokenizada bastara para producir valor. Y eso, visto desde fuera, resultaba bastante desconcertante. Uno podía entender que hubiera un nuevo mecanismo de propiedad digital, pero no siempre entendía por qué tantas obras parecían depender más de la narrativa de escasez que de una experiencia estética o conceptual propia.

Por eso me interesa que el programa de ARTCAN no se limite al NFT como objeto de mercado, sino que incluya arte generativo, inteligencia artificial, programación creativa y nuevos medios digitales. Esa ampliación permite desplazar la pregunta. El asunto ya no es solo cómo se compra o se certifica una obra digital, sino qué tipo de creación aparece cuando el artista trabaja con código, modelos, datos, interacción o sistemas. Ahí el debate deja de parecer puramente financiero y se acerca más a una historia larga del arte: la historia de cómo cada técnica modifica lo que podemos imaginar.

Reuters señalaba este año, a propósito de la apuesta de Art Basel por el arte digital, que las ventas de arte digital representaron solo el 3% de los 59.600 millones de dólares del mercado global del arte en 2025, aunque habían subido desde el 1% de 2024. La cifra es pequeña, pero quizá eso también ayuda a rebajar el tono. No estamos ante la sustitución inmediata del mercado tradicional del arte. Estamos ante un lenguaje que busca todavía sus instituciones, sus criterios, sus coleccionistas y sus formas de conservación. (reuters.com)

La misma información de Reuters recogía una idea de William Mapan que me resultó especialmente útil: pintura y código pueden verse como lenguajes distintos capaces de producir un tercero. Esa formulación me parece más comprensible que muchos discursos sobre NFT. No exige creer que todo lo anterior ha quedado superado. Solo propone que hay materiales nuevos para crear. El código no sustituye al gesto artístico; puede convertirse en otro tipo de gesto. La inteligencia artificial no elimina necesariamente la intención; obliga a preguntarse dónde se sitúa. La blockchain no crea belleza; puede modificar la relación entre obra, autor, propietario y archivo. (reuters.com)

Aun así, sigo teniendo dudas. Me cuesta no ver una parte del lenguaje cripto como una barrera de entrada innecesaria. Me cuesta confiar del todo en un ecosistema que durante años confundió comunidad con mercado y mercado con destino histórico. Me cuesta aceptar que una tecnología descentralizada termine muchas veces dependiendo de plataformas, intermediarios, comunidades cerradas y dinámicas de prestigio bastante parecidas a las del mundo tradicional. La descentralización, al menos vista desde fuera, no siempre parece repartir poder. A veces solo cambia el lugar donde se concentra.

Pero esas dudas no cancelan el interés. Más bien lo ordenan. Una tecnología no merece ser entendida solo cuando es pura, porque casi ninguna lo es. Internet tampoco fue la biblioteca universal que prometía ser. Las redes sociales no fueron la democratización inocente de la voz pública. La inteligencia artificial no es simplemente una herramienta neutral para aumentar capacidades. Cada tecnología llega con promesas, usos legítimos, incentivos torcidos, dependencias y nuevas formas de desigualdad. Quizá el error con los NFT fue exigirles que fueran redención cuando, como mucho, podían ser infraestructura.

Canarias añade otra capa a esta reflexión. NFTCanarias se define como un proyecto pionero en España que conecta arte digital y blockchain desde las Islas Canarias, con exposiciones Web3, encuentros entre artistas y coleccionistas, formación y acompañamiento para la comunidad creativa. Según su propio relato, el proyecto nace a finales de 2021 con un grupo de artistas locales vinculados al criptoarte; en 2022 organiza una exposición virtual; después impulsa CanAfrica, con artistas de Canarias y África; en 2023 realiza en el IEHCAN la primera exposición phygital de criptoarte en Canarias; y en 2024 desarrolla 52 Weeks Artists Drop, con creadores latinoamericanos y europeos. (nftcanarias.org)

Ese recorrido me parece relevante porque evita que todo el tema se lea únicamente desde los grandes centros tecnológicos o financieros. Las islas viven desde siempre en una relación extraña con la distancia. Están conectadas y separadas al mismo tiempo. Dependen de rutas, cables, puertos, vuelos, mercados exteriores. El arte digital introduce una promesa que, aunque conviene mirar con cautela, no es menor: la posibilidad de circular sin estar físicamente en el centro. Una obra puede llegar lejos sin pasar por las mismas puertas. Un artista puede encontrar comunidad fuera de su geografía inmediata. Una exposición puede combinar presencia local y circulación digital.

No diría que eso democratiza automáticamente nada. Sería demasiado fácil. Pero sí puede alterar algunas condiciones de partida. Para una comunidad creativa situada fuera de los centros habituales, la tecnología puede funcionar como una forma de acceso, aunque también como una nueva dependencia. El artista quizá ya no depende solo de una galería física, pero puede depender de una plataforma. Quizá no necesita viajar para ser visto, pero necesita entender un ecosistema técnico. Quizá puede conectar con coleccionistas nuevos, pero debe moverse en un mercado cuyo lenguaje no siempre está pensado para él. La promesa y la dificultad vienen juntas.

Por eso un evento como ARTCAN puede tener valor si no se limita a celebrar, sino que ayuda a entender. Entender no como gesto didáctico superficial, sino como una práctica cultural. Entender qué es un NFT sin convertirlo en fetiche. Entender qué puede hacer la blockchain sin atribuirle propiedades mágicas. Entender qué significa coleccionar una obra digital. Entender cómo se conserva, cómo se muestra, cómo se certifica y cómo se piensa. Entender también cuándo no hace falta usar esa tecnología, porque no toda obra digital necesita pasar por la misma infraestructura para existir.

El arte digital después de la fiebre: ARTCAN 25–26

La inteligencia artificial complica todavía más esta escena. Si los NFT preguntaban por la propiedad de lo digital, la IA pregunta por su autoría. ¿Quién crea una obra generada con modelos? ¿Dónde está la intención cuando una herramienta produce variaciones infinitas? ¿Qué valor tiene la selección frente a la ejecución? ¿Qué diferencia hay entre usar un programa, escribir código, entrenar un sistema o introducir una instrucción? No tengo respuestas cerradas, pero sospecho que el arte será uno de los lugares donde estas preguntas se formulen mejor, precisamente porque no tiene la obligación de resolverlas de manera inmediata.

En ese punto, ARTCAN puede ser leído menos como un evento sobre NFT y más como un intento de ordenar varias tecnologías que han llegado demasiado juntas: blockchain, inteligencia artificial, arte generativo, realidad aumentada, nuevos medios, coleccionismo digital. Tal vez una parte de nuestra dificultad para entender este mundo venga de ahí. No estamos aprendiendo una sola cosa. Estamos intentando comprender un cambio de soporte, de mercado, de autoría, de archivo y de comunidad al mismo tiempo. Es lógico que cueste.

El País describía este año la recalibración del arte digital tras la explosión de la burbuja NFT, señalando que el sector intenta superar el fiasco especulativo y trascender el mero espectáculo. Esa palabra, recalibración, me parece muy precisa. Recalibrar no es abandonar. Tampoco es insistir como si nada hubiera pasado. Es ajustar la mirada después del exceso. Preguntarse qué queda cuando se retira parte de la espuma. Qué obras siguen importando. Qué herramientas siguen sirviendo. Qué comunidades eran reales y cuáles dependían solo de la expectativa de revalorización. (elpais.com)

Quizá por eso me parece honesto acercarse a ARTCAN desde la duda. No desde el rechazo automático, que a veces es una forma elegante de no aprender nada. Tampoco desde la fascinación, que suele convertir cualquier vocabulario nuevo en profundidad. La duda permite algo más interesante: preguntar sin necesidad de tener ya una posición. Mirar qué parte del discurso tecnológico se sostiene y qué parte solo repite viejos deseos con palabras nuevas. Aceptar que puede haber valor en un mundo que todavía se nos resiste.

El arte digital después de la fiebre necesita justamente espectadores, artistas, instituciones y coleccionistas capaces de habitar esa posición incómoda. Gente que no confunda desconocimiento con desprecio. Gente que tampoco confunda complejidad técnica con valor cultural. Gente dispuesta a aprender sin entregar el criterio. Tal vez ese sea el punto desde el que conviene entrar a un evento así: no para salir convertido, sino para salir con mejores preguntas.

Porque hay algo en todo esto que sí parece claro. La cultura digital no va a desaparecer porque una parte del mercado NFT se haya desinflado. La creación con código, la inteligencia artificial, las obras interactivas, la certificación digital, la conservación de piezas nacidas en pantalla y el coleccionismo de objetos inmateriales seguirán planteando preguntas. Quizá algunas respuestas actuales sean torpes. Quizá algunas herramientas estén sobrevaloradas. Pero el problema de fondo no se va: cada vez más parte de nuestra vida sucede en entornos digitales, y el arte acabará preguntándose, una y otra vez, cómo se crea, se posee y se recuerda dentro de ellos.

Lo que me interesa de ARTCAN, entonces, no es que prometa resolver el misterio. Me interesa que reconoce que hay un misterio que merece ser trabajado públicamente. En una ciudad concreta, con personas concretas, alrededor de obras que quizá no siempre sepamos nombrar bien. Hay algo casi paradójico en eso: para entender el arte digital, tal vez necesitamos menos pantallas solitarias y más conversación presencial. La blockchain puede certificar una pieza; la inteligencia artificial puede participar en su forma; un NFT puede registrar una propiedad. Pero la comprensión, al menos por ahora, sigue necesitando cuerpos reunidos alrededor de una duda común.

Fuentes:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *