Las vacaciones, cuando podemos ser como queremos

Las vacaciones, cuando podemos ser como queremos

Un mes ofrece la posibilidad de explorarnos en otros registros. Durante todo el año estamos metidos en la rueda que el capitalismo nos exige: sabemos qué hacer, cómo comportarnos y cuáles son los distintos hitos que ordenan el camino. En vacaciones no. Al menos, no necesariamente.

A menos que tengamos ese periodo completamente pautado, la pausa permite ensayar una simulación interesante: la de imaginar cómo podemos ser cuando estamos descansados, dejamos atrás el estrés y disponemos de tiempo libre suficiente para explorar recorridos vitales alejados de la cotidianidad.

Hay gente que no sabe gestionar esa breve pausa de libertad y directamente se enferma. No sabe qué hacer con ella. Pasa más de lo que creemos. Otros, en cambio, sabemos exactamente lo que queremos hacer. Algunos tenemos un plan que en realidad es un anti-plan: dejarse llevar y ver qué aparece.

Flotar como una hoja empujada por el viento no es para cualquiera. Hace falta valentía, cierta impermeabilidad al ridículo y capacidad de sorpresa. En los últimos años he descubierto que ese es mi mejor plan. La incertidumbre lo vuelve todo más interesante. También es verdad que, por pura estadística, uno acaba metiéndose en situaciones medio raras, pero en el intercambio de experiencias el saldo suele ser positivo.

Al final, se trata de observar cómo actuamos en unas condiciones más cercanas a las ideales que bajo el yugo de la autoexplotación. Puede salir mal, según cómo esté uno por dentro, pero intuyo que, con un poco de valentía, a muchos les haría tanto bien como a mí.

Por eso lo bueno de las vacaciones no es solo descansar, sino poder ser como queremos y no como nos toca. Ese estado solo se saborea cuando nos lo permitimos, cuando llegamos al final del mes habiendo avanzado lentamente hacia otra versión de nosotros mismos. Luego se acaba, claro. Llega el choque y todo vuelve a su sitio. Pero haberlo saboreado desde ahí no tiene nada de negativo.

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